La globalización como proyecto es auspicioso y en esencia rescata lo mejor del ideario de los libertadores: la patria grande, la confederación americana, la patria unida.
Pero una cosa es la enunciación de los propósitos y otra la concreción de los mismos. Hay quienes piensan que se está depurando un proceso que debe darse naturalmente y que a Europa le insumió 34 años hasta llegar a la realidad comunitaria actual.
Hay quienes sostienen que estamos avanzando en la más válida de las ideas, pero sin que las sociedades de los países intervinientes hayan resuelto acabadamente qué modelo de país ambicionan.
Lamentablemente, hasta ahora la forma elegida ha sido equivocada, porque no se ha aprovechado la experiencia obtenida por el modelo que funciona efectivamente en la actualidad: la Comunidad Europea.
El problema de integración de los países de América Latina plantea muchas y muy complejas cuestiones que no son fáciles de resolver.
Podemos mencionar entre otras, los sentimientos nacionalistas generadores de odios que resultan absurdos en estos tiempos, más cuando la lógica histórica nos está marcando la necesidad de integración, económica primero y política después, de todos los países para superar la pobreza y el subdesarrollo.
El único remedio a tantos males es la integración de los países latinoamericanos. De todas maneras este proceso, ya en camino podrá ser obstaculizado o demorado, pero nunca frenado.
La responsabilidad de los logros también recae en los empresarios, en lo que le brindan a la comunidad en la cual se mueven, cómo trata a sus empleados, cómo elabora sus productos, cómo cuida el medioambiente, cómo se preocupa por los clientes, el sector más vulnerable de la comunidad.
El desafío de la globalización de los últimos 20 años ha sido la generalización de los regíme-nes democráticos a nivel mundial, así como la expansión de los derechos humanos. Ha puesto en crisis los regímenes autoritarios de diversas especies, dictaduras militares, Estados socialistas, regímenes teocráticos, que se han derrumbado en dirección a instituciones de democracia liberal constitucional.
Este fenómeno global de transiciones a la democracia ha sido impulsado por ideales asociados con el régimen democrático, pero vinculado al predominio económico de inversores, grandes firmas, organismos internacionales y naciones centrales.
La civilización industrial produjo la más grande expansión del mercado a cualquier precio, mejoró las condiciones de vida en muchos lugares pero generó el colonialismo con sus secuelas de explotación y dolor. Algo no anduvo bien será necesario cuestionarnos sobre los fundamentos de nuestra civilización, nuestros sistemas culturales y crear los códigos comunicacionales entre culturas diversas, los sistemas que rigen el aquí y ahora en la vida de los hombres. Habrá que intentar un nuevo concepto de progreso o desarrollo. Deben comprender los poderes y los poderosos que los bienes individuales son imposible de goce y pertenencia sin respeto al pluralismo, a las autonomías morales de los hombres y de las comunidades que forman, a la tolerancia y a la justicia, en el hogar común de nuestro pequeño planeta.


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